domingo, 4 de marzo de 2012

Dominó

JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO



esta eterna carencia del seis doble
te obliga a comenzar la partida
con una espantosa cojera
a que deseches la idea de cualquier ataque
a la improvisación ciega de una defensa deslucida
a este braceo sin sentido
para no ahogarte en todos los minutos
y a vivir en las negras oquedades de tus fichas
que nunca fueron
ni serán
de nácar blanco

y cuando tu compañero cierra
ves aún entre tus dedos
un cuatro descendido a la cuarta potencia
la enésima raíz de tu yo
reflejado en mis ojos

y comprendes al fin
que los otros tres flancos de la mesa
también
y una vez más
están ocupados
únicamente por ti

Veladas literarias Cafe Diario


domingo, 26 de febrero de 2012

CONDICIÓN HUMANA

JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO



Poco antes había intentado ligarme a una puta. 90 kilos de puta que magreé hasta que se dio cuenta de que no iba a pagarle. De un empujón me lanzó contra un árbol. Riéndome me dejé escurrir hasta el suelo. Allí, apoyado en el tronco, aún tuve tiempo para sacar de mi abrigo la botella de ginebra y dar un último trago, antes de que ella se acercara a mí y la noche se volviese negra.

Pero esto no podía decírselo ni a mi mujer ni a mis hijas que me miraban desde la puerta del baño, con el pelo recién cepillado y sus camisones de princesas de cuento, mientras yo, apoyado en el lavabo y frente al espejo, intentaba limpiar la sangre seca de mi cara. 
Mi mujer acostó a las niñas y volvió al baño. Tiempo suficiente para inventarme algo. Le conté que después de trabajar salí con Luis, mi socio, tomamos unas copas y discutimos por un negocio que nos estaba complicando la vida. Nos peleamos. Salió del baño sin decir una palabra y regresó al rato con una bolsa de calamares congelados.
                —Ponte esto en la cara, te bajará la inflamación. Yo me voy a dormir –me dijo antes de desaparecer de nuevo.
                La puta había hecho un buen trabajo conmigo, los ojos amoratados, el labio partido y un diente que me bailaba dentro de la boca. Salí al patio a fumar un cigarro y a llamar a Luis. Le expliqué lo ocurrido, le pedí por favor, que telefoneara a casa por la mañana para disculparse y así hacer la historia más creíble. Yo por mi parte intentaría arreglar lo que jodí.
                Al día siguiente me acerqué a una floristería. Compré un ramo de flores y conduje hasta la calle donde encontré a la puta. Salía de una pensión con un vejete que parecía el hombre más feliz del mundo. Cuando se quedó sola fui hacia ella con el ramo de flores en la mano. Al principio, no quiso saber nada de mí. Pero algo debió conmover su corazoncito, supongo que fue ver cómo me había dejado la cara. Aceptó el ramo. Me dijo:
                —Me llamo… —pero su nombre jamás salió de su boca.
                —Yo soy Iván, ¿puedo invitarte a un café?
                Hablamos un rato, después me dejó acercarla a su casa. Ella me iba indicando el camino, yo conducía sin prestar demasiada atención. Cuando quise darme cuenta entrábamos en un descampado.
                —No te asustes, vivo aquí cerca. No quiero que nadie me vea llegar contigo —me explicó al ver el miedo apoderarse de mi mirada.
                Paré el motor. Clavó en mí unos ojos tan negros como la noche. Acarició con su mano inmensa mis heridas. Apoyé ligeramente mi cabeza sobre su palma. Cerré los ojos y sonreí. Pensé en lo absurda que era la condición humana, como la misma mano que nos hiere nos puede curar. ¿Era esto la empatía de la tanto hablaban? Posiblemente a esta puta la habían zurrado a base de bien. En aquel instante era, sin duda, la persona que mejor me entendía. Dejé de sentir el tacto de su piel, bajó su mano por mi pecho y empezó a desabrocharme los pantalones. Apenas había abierto los ojos y ella ya se había agachado y tenía mi polla en sus labios. No hice nada, me quedé allí, disfruté del momento. Qué más podía hacer. Yo era hombre. Simplemente eso.



jueves, 1 de septiembre de 2011

EXTRAÑA RELACIÓN

JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO


            ¿Quién no ha sentido el irrefrenable deseo, el impulso arrollador de tener que asesinar a su abuela? A Rodrigo hacía mucho tiempo que esa idea ya no se le pasaba por la cabeza, de hecho, era algo que había enterrado, muy profundo y muy lejos, allá por las afueras de su memoria. Pero ayer, en casa de sus padres, alguien sintió la necesidad de echar un vistazo, de nuevo, a todas esas fotografías antiguas que dormitaban en el fondo de un cajón.

            Fotografías en blanco y negro. Fotografías con los bordes rotos e imágenes agrietadas, como si envejeciesen al mismo tiempo que lo hacen los retratados. Empalagosas fotos en sepia con sus aburridas tonalidades. Viejas polaroid con sus marcos y su plástico brillante. Bochornosas fotos en color de rollizos y sonrientes bebés desnudos sobre mantas de pelo blanco.

            Una tras otra Rodrigo asistió aturdido al desfile de familiares muertos, de abuelas jóvenes, de madres solteras, de padres con sueños. Y no pudo dejar de fijarse en una de esas fotografías: sobre el suelo de una terraza, una caja de cartón agujereada y, dentro y alrededor de ella, unos simpáticos pollitos correteaban buscando algún resto de comida que picotear. Rodrigo quiso saber más sobre esa foto, y claro, su madre le contó la historia.

            ¿Quién iba a pensar hijo, que esos pollos iban a traernos tantos quebraderos de cabeza? Una mañana en un mercadillo los viste y se te antojaron. Yo creí que no tardarían en morirse. Los compré. Pero fue pasando el tiempo y los pollos no se morían, al contrario, parecían estar muy a gusto en nuestra terraza. Imagínate, si hasta les dejaba al lado una bolsa de agua caliente por las noches para que no tuvieran frío. Los pollos siguieron creciendo, claro, hasta convertirse en unos ruidosos e inquietos gallos. Gallos que, todas las mañanas, despertaban a los vecinos. Vecinos que, todas las mañanas, nos gritaban a tu padre y a mí, exigiéndonos que, de una vez por todas, acabásemos con los animales. Así es que un día, mientras tú estabas en el colegio vino tu abuela. Hizo una visita, cuchillo en cintura y palangana en mano, a la terraza; poco después cocinó un riquísimo arroz con pollo.
           
            Más tarde llegaste tú de la escuela y sonreíste al ver a tus abuelos, al oler ese delicioso guiso de arroz. Poco después, descubriste que los pollos ya no estaban. No tuvimos más remedio que contarte lo ocurrido. Jamás te habíamos visto así. Llorando fuiste a la cocina para volver con un cuchillo gritando a tu abuela: te mato, te mato igual que tú has matado a mis pollos.

            Todos reían escuchando aquella historia. Rodrigo cerró los ojos y empezó a ver imágenes confusas, como fotogramas de una película sin terminar: un delantal con machas de sangre, su abuelo corriendo por el pasillo, un cuchillo en una pequeña mano temblorosa, su padre sujetándolo del otro brazo, los gritos de su madre, su hermana que no podía parar de reír y su abuela escondida detrás de un sillón. Y ese recuerdo le trajo otros. La tarde en la que su abuela y él decidieron cortarle las uñas al periquito. La mañana en la que estuvieron golpeando repetidas veces, en esa misma terraza, a un conejo detrás de la cabeza y como, poco después, descubrieron al conejo levantándose de su lecho de muerte y caminando, como un funámbulo borracho, por la barandilla de la terraza, como diciéndoles: prefiero tirarme al vacío antes de que sigáis dándome golpes en el pescuezo.

            Rodrigo descubrió al fin el porqué de su extraña relación con los animales. Y pensó que tal vez fuese el momento de solucionarlo. Y tal vez sea por esto que esta mañana al despertar, Rodrigo sintió el irrefrenable deseo, el impulso arrollador de hacer una visita a su abuela.

sábado, 14 de mayo de 2011

EL CADÁVER DE UN GORRIÓN

JUAN PEDRO RODRIGUEZ MURILLO




            El lunes, 5 de abril, llegué al trabajo. La puerta de mi despacho estaba abierta. Me pareció extraño, siempre la cierro cuando me marcho. La mujer que limpia tiene llave, posiblemente ella olvidó cerrarla.
            Me acerqué, había algo en el suelo. Un pájaro muerto. El cadáver de un gorrión en la entrada. Simplemente eso, ni sangre, ni plumas, nada, sólo el cuerpo sin vida del animal. Con un folio usado lo amortajé y, sin decir una palabra a nadie, lo tiré a la basura.
            No le quise dar mayor importancia. Tenía mucho trabajo sobre la mesa. Intenté olvidar el asunto. Pero no pude concentrarme en toda la mañana. No paraba de pensar en lo ocurrido, ¿cómo había llegado hasta allí? Tal vez mientras la mujer limpiaba abrió la ventana, y el pájaro entró. Pero si la puerta estaba abierta, podría haber salido de la oficina. Puede que entrase por cualquier otra ventana y hubiese venido a morir aquí. Si se coló el viernes por la tarde y el lunes estaba muerto, ¿cuánto aguanta un gorrión sin comer y sin beber? Si estuvo aquí todo el tiempo, tendría que haber algún rastro. No he visto cagadas de pájaro por ningún sitio. Es muy raro. Pero seguro que hay una explicación lógica.
            El miércoles, 7 de abril, llegué al trabajo. La puerta de mi despacho estaba cerrada. Entré. Al bordear la mesa para sentarme en la silla encontré, junto a sus ruedas, el cadáver de una rata.
            Salí de allí caminado hacia atrás lentamente. Cerré. Los dedos me temblaban sobre el picaporte. Sentía en mis sienes el bombeo acelerado del corazón. Una rata muerta, y no había sangre. ¿Alguien la había dejado ahí?, o, ¿también había muerto de hambre? Esa vez no pude entrar, recogerla y echarla a la basura. No. Era algo más que una coincidencia.
            Fui a ver al jefe. Quizá él pudiera explicarme lo que estaba sucediendo. Al llegar lo encontré de pie, en medio de su lujoso despacho, pálido, con la mirada perdida. Unas gotas de sudor le resbalaban por la frente. Le hablé, tardó unos segundos en reaccionar. Me miró y sin apartar la vista de mí, señaló su moderno sofá de piel negra. Allí, parecía dormido, un gato blanco descansaba para siempre sobre los cómodos cojines.
            -¡Dios, joder, qué coño está pasando! –grité. Me apoyé en la pared, me dejé caer al suelo. Oculté mi cabeza con las manos.
            El jefe, al ver mi reacción, comprendió que no era el único que estaba recibiendo estos peculiares regalos. Para él este era su tercer cadáver. Primero un gorrión, después una rata y ahora un gato. Ninguna pista, ni plumas, ni pelos, ni sangre. Decidimos que lo mejor sería llamar a la policía.
Les contamos lo ocurrido. Ellos poco podían hacer. Hablaron con la mujer encargada de la limpieza, una señora a punto de jubilarse, que llevaba en la empresa más de 20 años. La mujer, más sorprendida que nosotros, juró y perjuró que ella no tenía nada que ver. Que entraba, hacía su trabajo y se iba, y que nunca olvidaba cerrar las puertas. Se avisó a un cerrajero. Ahora solamente nosotros tendríamos la llave. Nadie más. La limpieza se haría mientras estuviésemos allí.
            Hoy, viernes 9 de abril, he llegado al trabajo. Al pasar frente al despacho del jefe he observado que la puerta estaba cerrada. Poco después he visto que la del mío estaba abierta. Nunca creí que las medidas tomadas dos días atrás fueran a servir de algo. Sabía lo que me iba a encontrar. He entrado y allí, sobre los no tan cómodos cojines del viejo sofá, el cadáver de un gato blanco. Sin sangre, sólo el cuerpo sin vida, nada más.
            Corriendo he ido a ver al jefe. He llamado, no ha habido respuesta. Él nunca llega tarde. He telefoneado a su casa, nadie ha contestado. A su móvil, sin señal. Ningún compañero sabe nada de él. Hemos forzado la cerradura.
            Hemos tenido que volver a llamar a la policía. Esta vez sí tendrán que intervenir.
            ¿Estaré vivo el lunes? 

viernes, 29 de abril de 2011

ESCALOFRÍO

JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO



            Me aburres con tanta monserga, dijo el cadáver descendiendo del ataúd y llevando su helada mano bífida al hombro del párroco.

            Manuel, cierra la puerta, parece que hay corriente, susurró el cura al sacristán mientras el difunto emprendía el largo viaje, no sin antes detenerse a robar las últimas monedas del cepillo y, poder así, pagar al barquero.

martes, 29 de marzo de 2011

EPI OINOPA PONTOS

JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO



así la llamó Homero
la mar color vino
y Joyce
el mar verdemoco:
Ulises ambos
y perdidos los dos
y no importa donde
tal vez Ítaca
o tal vez Dublín

y a la deriva
entre dáctilos griegos
o en la prosa irlandesa
y ahogándose
entre el verde
o entre el vino
y el viaje
la ausencia
y encontrar por fin el terruño
el retorno
a una isla
o a una vida