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jueves, 23 de diciembre de 2010

VILLANCICO INOCENTE

SERGIO ÁLVAREZ GUILLÉN

Niño inocente,
conducirás tus pasos
sobre espesos charcos de civilizada mugre,
y vas a pisotearte el alma encendida de estrés,
y vas a patear lejos el hermoso cráneo de tu hermano,

ninguna virgen te merecerá en su regazo
pues es blanca la piel de sus brazos por las corridas de los hombres que a dios pagan como a una mala puta.

Niño inocente,
vas a dar cuerda al tiempo
hasta estrangularte de instantes,
querrás con cerveza y vino saciar el trauma de tu
nacimiento,
en el estómago vas a coleccionar los deshechos preciosos de tus recuerdos,
y vas a llorar el día maldito que los cagues;

desde la cuna tiras al suelo el sonajero
pero con la pistola vas a matar a la panadera que quiso ponerte el pan bajo el brazo
y bajo las uñas vas a pincharte caballo de vanidad y orgullo.

Niño inocente,
van a detestarte esos cabrones hasta hacerte creer que la solución es reventarte los sesos contra el asfalto desde un séptimo piso,
y la hiel va a liar la lengua de tu amigo cuando busques consejo,

vas a destruir un mundo sin importarte una mierda si merece siquiera una oportunidad,
vas a huir al bosque luego
y entre los árboles el cañón de un tanque está esperándote.

Pero eres inocente
porque en un altar y sobre
leña de holocausto,
hace ya tiempo
que te tajó el cuello a cuchillo
y luego te incineró
tu padre enloquecido.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El Último Villancico

GUSTAVO ROJAS

Las canciones de navidad cesaron de repente. El bullicio también. Ya no quedaba nadie en los puestos navideños y, sin embargo, el olor a vino dulce seguía confundiéndose con el humo de los guisos que viajaban en la nieve. Los gritos ya no rompían el silencio. Las farolas enseñaban a bailar remolinos de frío con su luz mortecina, relegando al olvido el arco iris navideño de cada puesto de regalos. El viento cubría la nieve y la nieve decoraba de blanco la negrura de la muerte. La sangre, casi negra, fundía lentamente el algodón helado, enseñando al atardecer el adoquinado gris. El cañón de una pistola se adivinaba bajo la manga de una gabardina color canela y que apenas dejaba entrever un resplandor frío e intermitente que bailaba cansado al son de una farola vieja y mal calibrada. La delgada hebra de humo blanco desapareció junto al cinturón de un hombre delgado de aspecto lánguido y que el frío hacía parecer enfermizo. Su semblante hirsuto, disimulado por la penumbra de su sombrero, apenas reflejaba compasión ni piedad, dolor o quizás tristeza, sólo indiferencia.

El incipiente olor a sangre se mezclaba con el aroma empalagoso de los hornos de postre. Las alcantarillas parecían respirar la recién nacida soledad del lugar, devolviendo en humo blanco formas macabras que apenas ocultaban la luz. Los reflejos intermitentes de colores vivaces llamaban a la noche desde los balcones viejos y engalanados. Unas canciones lejanas se confundían con la pesadez enmudecida y las remotas voces joviales de niños felices cubrían finamente el atardecer como vetustas tonadillas populares entrelazadas en el viento. El ruido de unos cascabeles rompió con disimulo el funesto sosiego. Una mano rozó el suelo y un gemido ahogado robó un suspiro frío a la suave brisa. La plaza parecía estar sin vida, ni siquiera el maullido confundido de un gato en la lejanía de una oscura calle. La luna seguía oculta, enfadada con el invierno, apenas enseñando contados destellos que traspasaban el vapor de una respiración entrecortada. Abrió la boca para hablar y un poco de su vida se derramó en sangre por su barba blanca. El gorro rojo permanecía casi escondido en la nieve unos metros más allá. Una tos ahogó el aliento irregular y el cuerpo fofo, que había permanecido hasta ahora inerte, se convulsionó violentamente. Unas manos rechonchas, con nudillos casi invisibles, se cruzaron lentamente en una barriga roja y prominente. El pelo blanco que ribeteaba la chaqueta se adivinaba poco a poco oscuro y húmedo, bañado por un líquido negruzco que manaba incesántemente de un gran agujero todavía humeante. Su voz sonó vacilante y moribunda, casi un estertor de resignación, sonó como el adorno de un belén roto en mil pedazos.

-¿Quién eres?

La figura parduzca acabó de abrocharse el abrigo, se subió el cuello, escondiendo su cara del frío, y se caló el sombrero con una parsimonia calculada. Golpeó sordamente un zapato contra otro, sacudiendo la nieve que ocultaba el betún y lentamente comenzó a andar. Una voz sibilina se coló entre un odio contenido, apenas audible.

-Soy la navidad.

Devolver al Remitente

            JUAN PEDRO RODRÍGUEZ MURILLO

            –Me llamo Sergio, cabrón hijo de puta. Sergio Palacios y vivo aquí, en esta casa, en la calle Camilo José Cela, 7. ¿Dónde está mi wii?, ¿dónde está mi wii?

            Sergio se siente grande, poderoso, fuerte. Es una sensación nueva, él nunca antes había dicho palabrotas. Había oído a los mayores decirlas; ahora entendía porqué. Se siente bien, jodidamente bien.

            –¿Dónde está mi wii, cabronazo? Dame el teléfono de los otros dos hijos de puta. No sales de aquí hasta que me traigan mi wii. Lo ponía bien clarito en la carta.

            Un Melchor, con las manos y los pies atados, incapaz de pronunciar una palabra, lloriquea, tirado en el suelo frente al niño. Le duele tremendamente la cabeza y nota el calor de su sangre bajo la nuca.

            Sergio, al ver que Melchor no cumple su deseo, agarra, otra vez, el bate de béisbol que le acaban de traer a su hermano mayor. Lo levanta por encima de su cabeza y, girando el cuerpo, golpea, lo más fuerte que puede, la cara del rey mago. La barba y la peluca salen disparadas al otro extremo del salón. El bate cae de las manos de Sergio que ahora, muy asustado, no sabe qué hacer, viendo como su padre escupe los dientes en la alfombra.